Tony Baltes está desde hace años en el negocio de los objetos vinculados a las campañas electorales, pero nunca antes vio algo semejante: la presidencial estadounidense de 2008 le permite vender tantos souvenirs con el rostro de los candidatos que su pequeña empresa ya no puede satisfacer la demanda.
“Supera nuestras expectativas. Nos preparamos para un maremoto y simplemente tratamos de aguantar”, explicó a AFP este empresario de 59 años, que creó en Ohio (norte) la empresa Tigereye Design. Continúa leyendo este artículo
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